El análisis

Semipalatinsk no era precisamente el orgullo de la URSS, sino un lugar lo suficientemente duro como para que el zar de Rusia, Nicolás I, lo escogiera para desterrar allí al escritor disidente Fiódor Dostoyevski en 1854.


Cuando la URSS lanzó su primera bomba atómica, dando el pistoletazo de salida a la Guerra Fría, en agosto de 1949, los pueblos de esta estepa kazaja sufrían los rigores del clima extremo, la falta de higiene y la carencia de alimentos y agua potable.

Eran pocos, aislados y hambrientos, pero existían, aunque las autoridades soviéticas lo ocultasen. Cuando en 1947 el jefe del proyecto soviético para obtener la bomba atómica, Lavrenti Beria, escogió Semipalatinsk para ensayar las cabezas nucleares, aseguró que era una región "deshabitada". Pero en su entorno vivían unas 700.000 personas.

Muchos de los que quedan llevan en sus genes la marca de las bombas atómicas. La proporción de mutaciones en el ADN de los habitantes de Semey duplica la detectable en otras comarcas apartadas del polígono, según un estudio dirigido por el genetista Yuri Dubrova y publicado en 2002 en la revista Science.

El 19 de octubre se cumplirán 20 años de la última explosión.

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